Volumen. El factor más importante en este disco es el
volumen. Diseñado de la misma manera en la que Iannis Xenakis componía,
teniendo el espacio acústico en mente, Jon Mueller desarrolla este disco con la
idea de lograr un estado mental al que sólo se puede acceder a través del
volumen máximo. Con precedentes como las grabaciones en solitario de enormes
bateristas como Andrew Cyrille o Max Roach, Mueller utiliza únicamente
un instrumento en este album: la batería. Tratada con efectos y recurriendo a pequeños trucos
como superponer platillos sobre los timbales para lograr unas texturas metálicas
que aportan brillo al sonido grave, subgrave, que define el álbum. Imagina la
clase de percusión que falta en los discos de Sunn O))) o KTL y te harás una
idea aproximada del sonido de este disco.
Pero Jon Mueller no camina solo en esta aventura arriesgada, necesita de alguien
que logre capturar ese sonido tan grueso, tan orgánico y, para ello, nadie
mejor que el grandísimo James Plotkin encargándose de la masterización, una colaboración
más que habitual entre ambos artistas, que siempre da muy buenos resultados y con
el añadido del sello de Tony Conrad (maestro minimalista) Table Of The Elements
como hogar para esta joya. Con solo tres piezas, duración corta, portada críptica
entre Black Metal y Neofolk y título destinado a romper las preconcepciones del
público, este disco es minimalista en concepto, pero maximalista en forma.
El inicio
del primer corte “Trace Essential” ya nos avisa de lo que está por llegar. Unos
golpes de timbales que se expanden a través del espacio a un volumen
ensordecedor, como si Black Sabbath hubieran optado por interpretar una pieza
para percusión firmada por Erik Satie, para dar paso a un redoble que poco a
poco aumenta en intensidad antes de desencadenarse una explosión metálica que
suena muy parecido a una tormenta de granizo golpeando una plancha de aluminio;
tan intensa que cuando termina la reverberación se mantiene durante más de un
minuto.
En las notas de portada ya nos dejan claro que este disco es una aproximación
al Heavy Metal y sus subgéneros sin recurrir a la teatralidad propia del género
y esa afirmación queda muy clara en el siguiente corte “Homeostatic”, tema en el
que Mueller recurre a los clichés del Thrash Metal y el Metalcore para dar
forma a una pieza repetitiva, llena de texturas añadidas, superpuestas,
disonantes, que deja espacio para un interludio en el que unos pequeños Gongs dan
un respiro al oyente neófito antes de continuar con la orgia percusiva, que finaliza
con un redoble de lo más sencillo; algo así como Stockhausen componiendo una
pieza para Napalm Death .
Está muy claro que Mueller es un baterista
preciso y metronómico, capaz de aproximarse a cualquier género sin sonar flácido
o vacio, por eso no extraña nada que en el ultimo corte “Mineral Balance”
recurra al empleo del doble bombo (o doble pedalera, depende tu punto de vista)
sin sonar a baterista de Death Metal ramplón, construyendo una pieza que, nuevamente,
suena repetitiva, llena de texturas subyacentes y efectos creados con platillos
que no parece tener principio ni fin, hasta que un golpe de Gong marca la
despedida. Sin duda uno de los mejores discos editados a principios de este
siglo XXI. Espero que os guste.
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